Familiares del equipo de prensa asesinado a pobladores de Mataje: ‘Cuenten con nosotros’

“Les presentamos: mi papi, Paúl y el Javi, que dejaron sus vidas acá”. Las palabras de Cristian Segarra, mientras templaba una bandera blanca con los rostros del equipo de prensa de EL COMERCIO asesinado en abril del 2018, eran asimiladas con consternación por niños y jóvenes de la escuela de fútbol de Mataje, en la frontera norte de Ecuador.

“Queremos ayudarles”, agregó Ricardo Rivas. “El sacrificio que tienen que hacer ustedes es seguir el camino rectito”, completó Galo Ortega. El hijo de Efraín Segarra, el hermano de Paúl Rivas y el padre de Javier Ortega, miembros del equipo periodístico, llegaron por primera vez a Mataje este viernes 12 de abril del 2019, al cumplirse un año del mensaje de muerte, del llamado frente Óliver Sinisterra, y de la divulgación de fotos con los cuerpos de los tres.

El 26 de marzo del 2018, los tres fueron secuestrados en Mataje, una parroquia subtropical en el límite de Ecuador con Colombia. “No somos delincuentes”, exclamó Robin, fornido afroesmeraldeño con el cabello crespo tinturado de naranja. “Los jóvenes de Mataje no queremos ser excluidos”.

La sorpresiva visita de los familiares del equipo de prensa se produjo a las 10:00 de este viernes. El trayecto de 16 kilómetros desde La Y de San Lorenzo hasta el retén militar, apostado a dos kilómetros de Mataje, fue interminable. Galo Ortega, Ricardo Rivas y Cristian Segarra, con los rostros de su hijo, hermano y padre en camisetas blancas, se desplazaron en el asiento posterior de una camioneta gris.

¿Qué imagina que hacían los tres cuando iban por esta vía? “Cuando me entregaron la camioneta de mi papi tenía puesto un CD de salsa, así que yo imagino que los tres iban a cumplir con su deber cantando, riendo, contándose anécdotas, conversando sobre lo que iban a hacer, con mucha alegría, como les caracterizaba a los tres”, relataba Cristian Segarra.

“Este camino es donde por última vez ellos caminaron en busca de la noticia, con responsabilidad y amor”, enfatizaba Galo Ortega, la voz quebrada. Al llegar a Mataje, la camioneta gris dio una vuelta por las calles principales, asfaltadas, y detuvo su marcha cerca del coliseo techado con cinc, a un costado del centro de salud. El padre, el hijo, el hermano, descendieron, se detuvieron y guardaron silencio, entre lágrimas. “Cualquier cosa en lo que podamos ayudar, cuenten con nosotros”, dijeron los familiares, a los niños de la escuela de fútbol, que se acercaron para cobijarlos. EL COMERCIO.

M.V.M