Piratas en Guayaquil

Sin duda, los piratas son leyendas vivientes: para unos hombres aventureros y libres,  y para otros asaltantes y bárbaros.  Para Guayaquil son parte de su historia.

1687 Después del violento ataque que un grupo de piratas realizó contra Guayaquil una joven mujer capturada por ellos dijo con lágrimas en sus ojos: “Señor por el amor de Dios no me coma y uno de los piratas le pregunto que quien le había dicho que comían gente a lo que ella contesto que fueron los curas  y que también le habían  asegurado que eran semejantes a los simios”

Esta es una de las anécdotas del libro “Piratas en Guayaquil”.

Pero ¿quiénes fueron en realidad los piratas?

Corsarios, bucaneros, filibusteros, varios nombres para el mismo oficio, fueron hombres que arriesgaban su vida a diario para alcanzar libertad y rápidas riquezas. Desafiando a toda autoridad, los piratas fueron los verdaderos reyes de los mares bajo el lema de vivir una vida corta pero feliz.

Cuando Colón llegó a América, encontró grandes tesoros que enriquecieron a España y despertaron la codicia de sus vecinos europeos, que buscaron la ayuda de piratas para robar el oro español. Estos piratas obtuvieron una patente de corzo, es decir un permiso para robar y fueron conocidos como corsarios.

Varios piratas y corsarios pasaron por el Golfo de Guayaquil, como el temido y sangriento Drake, el Dragón, más conocido entre la realeza como Sir Francis Drake.

Piratas y corsarios venían desde Europa y cruzaban hacia el Pacífico por el estrecho de Magallanes para luego subir por la costa hacia Panamá. La ubicación de Guayaquil, en la ruta de la plata, la transformó en un puerto interesante para los piratas. Era el último puerto grande antes de su larga travesía para llegar a Panamá.

En 1687 la mayor parte de Guayaquil se quemó.  Lo que se dice es que los piratas la incendiaron deliberadamente, pero según Sebastián Donoso el siniestro fue accidental.

En 1687, estos eran los linderos de la ciudad de Guayaquil, más allá selva río y manglar. En este lugar los guayaquileños y los indígenas Daules construyeron trincheras para protegerse de los piratas”.

Y fue precisamente por este lugar que el primer grupo de piratas liderados por Francois Grogniet se presentó.

Mientras tanto un segundo batallón de bucaneros  desembarcaba en lo que hoy es el barrio de las peñas para atacar el fortín de la Planchada y el fuerte de San Carlos.

Estas piedras son de los pocos vestigios que quedan de la época cuando combatían piratas y guayaquileños: son las ruinas del histórico y estratégico fortín de San Carlos, en la cima del cerro Santa Ana.   Posiblemente fue aquí donde el Corregidor de Guayaquil salió a la puerta del fuerte y entregó su espada al capitán pirata para luego caer desvanecido por la pérdida de sangre en la batalla.
Luego empezó el saqueo sistemático de todas y cada una de las casas de la ciudad, y los piratas impusieron un tributo de cien mil pesos para respetar la vida de los rehenes y no prender fuego a las casas.  Sin embargo al día siguiente un pirata irresponsable dejo un fogón encendido en una casa y en pocas horas ardieron las tres cuartas partes de la ciudad, que quedaron en cenizas.

Tras el terrible pero accidental incendio los piratas se trasladaron a la isla Puná llevándose consigo 250 rehenes de las familias guayaquileñas más connotadas.

El diario del pirata Raveneau Lussan relata “Donde permanecimos el mayor tiempo fue en esta isla Puná donde durante los treinta días que descansamos aquí vivimos bien. No nos faltaban las sinfonías, teniendo entre nuestros prisioneros a muchos de los mejores músicos de la ciudad”

Con el pago de una parte del rescate exigido los piratas se retiraron en sus barcos a mar abierto, donde combatieron por una semana con una armada enviada desde el Callao, entre la isla del Muerto y la isla Puná.

Ahí fue donde finalmente luego de cinco días de combate los piratas se escaparon llevándose la mayor parte el tesoro que habían acumulado en Guayaquil, uno de los botines más grandes de la historia de la piratería.

Este fatal incendio motivó a los guayaquileños a reconstruir su centro. Así nace la Ciudad nueva de Guayaquil construida al sur de la Ciudad vieja para convertirse en la gran metrópoli que hoy conocemos.

En otras ocasiones la historia fue diferente y los guayaquileños vencieron heroicamente a los invasores.

Así paso con el almirante Brown, que no tuvo cuidado, lo descubrieron y lo acribillaron aquí en Guayaquil lo capturaron a él, lo masacraron y los muertos fueron enterrados en un convento que tuvo antes de que se construya ahí el museo municipal, y cuando lo construyeron salieron cientos de cráneos”.

El alma de estos aventureros es hoy una leyenda viviente, una historia fantástica que convierte al Viejo Guayaquil en un rincón mágico.